Prosas apátridas, del peruano Julio Ramón Ribeyro, es para esos que creen impertinentemente que la cotidianidad también es susceptible a ser contada con sus matices, contradicciones y genialidad.

@francescadiazm

Prosas apátridas es un libro que puede confundir al lector en la primera lectura. No hay un hilo narrativo, no hay una historia, no hay una secuencia. Cuando comencé a leerlo, le busqué el sentido muchas veces, me preguntaba si serían capítulos, si en algún momento alguna voz conductora aparecería a direccionar la lectura: nunca llegó. El arte no necesita un sentido, no necesita esa lógica sosa que tratamos de darle a los libros en esos días en los que somos lectores pasivos. El mundo es una interpretación propia, los elementos que lo componen están ahí, pero somos nosotros quienes les damos forma. ¿Somos capaces de darle sentido a 50 páginas que describen un mundo ordinario?

El escritor de esta obra fue el peruano Julio Ramón Ribeyro, que se pasea por la filosofía sartreana haciéndola convivir con deliberaciones impregnadas de una ávida observación del mundo. Abre su libro preguntándose qué hay que poner en un relato para que perdure en el tiempo. Escrito en París, la narrativa posee un tinte más bien latinoamericano que atribuyo a su origen peruano. Como buen crítico de lo que calificó “la ostentación literaria de muchos autores latinoamericanos”, Prosas apátridas resulta en una lectura ligera en la que Ribeyro se presenta en su faceta más natural: escéptico, curioso y apasionado por la pluralidad de matices que se encuentran en una misma situación.

Su título alude perfectamente al contenido: son prosas sin patria. Estas anotaciones, borradores, ideas sueltas no son crónicas, artículos o poemas. Son solo eso: anotaciones que no encontraron cabida en alguna obra y aquí se presentan para que el lector las escudriñe desde la sensibilidad que es imperativa para comprenderlas. Apreciaciones que son presentadas a veces de manera simple y otras veces como metáforas. Humanizando cuartos de hotel y catalogando el mundo en el que vivimos como ambiguo: de la misma manera como yo catalogué su libro.

Parece que lo simple ya no es atractivo. Así que los detalles ya no se escriben, son omitidos de las narraciones porque hay que ahorrar caracteres. Ribeyro dilapidó todos sus caracteres en la redacción de una historia que no es historia, sino que recoge la interpretación de una realidad a la que por fastidiosa muchos temen describir. Pequeñeces que forman parte de ese todo que llamamos cotidianidad ¿Acaso la realidad, en su más pura esencia de rutina sin heroísmos ni parafernalia, no es suficientemente relevante para ser contada?

El buen escritor necesita conectar con su lector: si se habla de montañas, necesita que puedas imaginarlo. Visualizar esa montaña en la que jugabas los domingos con tu padre, la que sirvió de paisaje en el viaje que hiciste luego de tu graduación o aquella que te acompañaba en noches de soledad; esa que vive en algún lugar de ti. O tal vez esa montaña que no conoces, pero el relato te hace sentir deseos de ir en busca de ella. En esos momentos, en esa búsqueda constante de la conexión con quien nos lee… los detalles lo son todo. Porque no se siente la misma conmiseración por una mujer que ha sido violada, hasta que se conoce hasta el último detalle de su condición física y su desgaste emocional, hasta el último detalle de su tragedia: eso envuelve al lector, eso atrapa, conquista. Este libro es el ejemplo perfecto de ello, de situaciones ordinarias que con lo que el autor califica como “el arte de narrar”, provocan sensaciones extraordinarias.

La obra es una descripción en sí. Todas las cosas que no tomamos en cuenta normalmente aquí han sido presentadas en el escenario y son exaltadas. Demostrando así que los más ínfimos detalles pueden relatarse de manera interesante si se posee ese arte de narrar. Hace conjeturas sobre los dueños a través de sus objetos, entretejiendo historias solo con ver sus pertenencias donde van dejando esbozos de su personalidad. Y aunque no se pueden memorizar sus anotaciones, una que otra se perpetúa en tu mente por el aplomo con el que se ha expresado.

Empieza diciéndonos “¡Cuántos libros y qué pocas ganas de leerlos!”. Atribuyo a esto su brevedad: conciso. Un libro de pocas páginas que resume un millar de situaciones y reúne pensamientos que alguien consideró anodinos y un escritor ávido ha reunido en un libro lleno de carácter. Respondiendo a la inmediatez de estudiantes que tenemos ganas de empezar a describir la realidad de un mundo al que apenas comenzamos a conocer. Nosotros que tenemos muchos pensamientos apátridas e irreverentes durante el proceso de lo que Sartre describiría como la construcción de nosotros mismos. Prosas apátridas es para esos que creen impertinentemente que la cotidianidad también es susceptible a ser contada con sus matices, contradicciones y genialidad.

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