Un eterno legado que la barbarie contemporánea no podrá destruir porque el maestro don Rómulo Gallegos vive en el corazón de Venezuela y América Latina.

“El mal es temporal, la verdad y la justicia imperan siempre”.
Rómulo Gallegos

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Este año de 2019 se están cumpliendo dos fechas emblemáticas relacionadas con la figura del escritor y maestro don Rómulo Gallegos: 50 años de su desaparición física y 90 años de la primera edición de su novela cumbre Doña Bárbara. El nombre y la figura de Gallegos están igualmente ligados de forma muy estrecha a las luchas por los ideales de la democracia, la justicia y la libertad, tanto en su país natal, Venezuela, como de todo el continente americano.

La novela Doña Bárbara representa una Venezuela dominada por la crueldad política, la traición, el despotismo, el abuso de poder, la corrupción y la ley del más fuerte, asimismo, todo su contenido se contextualiza con ingredientes socioculturales que envuelven la falta de libertades, el latifundismo, la injusticia, la brujería como arma de dominación y alienación. Frente a esa Venezuela encarnada en el personaje de Doña Bárbara se encuentra la otra Venezuela, la decente, la honesta, la que cree y lucha por el imperio de la razón, las leyes, la moral y la justicia, representada por Santos Luzardo.

Noventa años después, en pleno siglo XXI, dentro de un marco situacional que parece marcado por el eterno retorno, Venezuela padece, con otros actores, escenarios y guiones, un proceso regresivo a la barbarie de Doña Bárbara y sus secuaces.

El maestro Gallegos, llamado así por su constante preocupación por impulsar la educación como herramienta eficaz para desterrar la ignorancia y formar una ciudadanía consciente de sus deberes y derechos, se comprometió como ciudadano a impulsar el establecimiento de la democracia fundada en la justicia y la paz. En tal sentido adquirió un compromiso con la política, asumiendo a ésta como un compromiso moral.

De esta forma, en su discurso de toma de posesión a la primera magistratura nacional el 15 de febrero de 1948, luego de haber sido electo mayoritariamente en los comicios de 1947, don Rómulo Gallegos dijo: “No me han movido hacia estas alturas ni personales apetencias de mando, ni codicia de bienes materiales, sino la convicción de que tanto se pertenece uno a sí mismo cuanto más tenga su pensamiento y su voluntad al servicio del ideal colectivo y este es el espíritu que me anima cuando me dispongo a asumir la gran responsabilidad que sobre mí ha recaído”.

Durante esa misma alocución, una cátedra de convivencia civilista, Gallegos habló de la inclusión política en los planes de su gobierno: “Se me verá siempre solicitar la cooperación de cuantos venezolanos sean cifras auténticas y de honestidad para el eficaz y recto desempeño de las funciones públicas”. Era la respuesta a la intolerancia y al sectarismo político generadores de exclusión.

Como un hombre elegido por sus conciudadanos manifestó su disposición para administrar con pulcritud y decencia la república: “Yo comprometo mi honor. Que no es solamente el de mediano pasar que pueden haberme dado los actos de mi conducta privada y pública, sino el grande, el magnífico honor a que me ha conducido la suerte amiga: la confianza de mi pueblo puesta en mí. ¿En qué lugar de la patria habría para mí refugio donde no pudiese sino hundir la frente entre las manos, si falto al honor de esa confianza? Yo sabré sucumbir antes que traicionarla”.

Supo realmente hacer honor a su palabra y en tal sentido don Rómulo Gallegos, ante las presiones y amenazas del militarismo golpista y de los sectores civiles que lo secundaban, prefirió enfrentarse al derrocamiento por la fuerza de su gobierno legítimo que a violentar los mandatos de su conciencia. En consecuencia, optó por el exilio, primero a Cuba y luego a México, donde fue ampliamente reconocido.

En 1960, como presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos advirtió sobre los gobiernos antidemocráticos que “se implantan e imponen con alarmante facilidad, con el apoyo que les prestan los intereses acomodados a las prácticas violatorias de la libertad, la tranquilidad y la dignidad humanas”. En ese mismo discurso, planteó lo que sigue: “En nuestros pueblos las cosas pasan, bajo el parámetro de las instituciones jurídicas y políticas, como si en todos ellos la persona humana tuviese suficientemente garantizadas su libertad y su tranquilidad, su dignidad -su felicidad, en suma-, pero no es cierto que así ocurra siempre y en todas partes”.

Para don Rómulo Gallegos, ayer como hoy, el acatamiento a los derechos humanos entra en el marco de “las altas esferas del espíritu, donde se mueve el pensamiento conductor de la experiencia humana hacia las realizaciones de la fraternidad universal, por encima de las aspiraciones mezquinas, de los egoísmos intransigentes y más aún de las apetencias del zarpazo y la dentellada que todavía puedan estar permitiendo que el hombre sea lobo para el hombre”. Por eso abogó por la vigencia de las instituciones democráticas como garantes de “un régimen de libertad y justicia social fundado en el respeto a los derechos del hombre”. Un eterno legado que la barbarie contemporánea no podrá destruir porque el maestro don Rómulo Gallegos vive en el corazón de Venezuela y América Latina.

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