Los criterios de esta filósofa, quien prefería ser llamada teórica, sobre este espinoso asunto, reflejan no solamente un ejercicio del pensamiento sino una experiencia de vida.

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El tema del totalitarismo constituye uno de los puntos de debate y discusión a partir del pasado siglo XX y Hannah Arendt, teórica política alemana, de origen judío, cuyo pensamiento es uno de los de mayor trascendencia en la contemporaneidad, desnuda con precisión y crudeza las formas y manifestaciones de un fenómeno político que no ha desaparecido sino que ha mutado a través del tiempo. Por eso conviene revisar los planteamientos de Hannah Arendt, contenidos en una de sus obras más importantes: Los orígenes del totalitarismo.

Los criterios de esta filósofa, quien prefería ser llamada teórica, sobre este espinoso asunto, reflejan no solamente un ejercicio del pensamiento sino una experiencia de vida. En su condición de judía fue víctima como tantos de sus conciudadanos de dicha naturaleza, de los atropellos sufridos dentro de la Alemania hitleriana, los cuales conllevaron a la privación de sus derechos humanos con la consiguiente persecución de la cual fueron objeto, lo que la llevó por breve tiempo al encarcelamiento en 1933 y a su decisión de emigrar primero a Francia y luego a Estados Unidos, donde se radicó obteniendo la nacionalidad de ese país, ya que en 1937 fue declarada apátrida por los nazis.

Sus biógrafos señalan que durante su estancia en Estados Unidos ejerció el periodismo en la revista semanal The New Yorker al igual que se dedicó a la docencia en varias universidades importantes: Princenton, Yale, Northwestern, Wesleyana, Berkeley, Chicago y Columbia. Frente a la tiranía desplegó un cuerpo de importantes análisis contenidos en su libro Los orígenes del totalitarismo, a través del cual desveló los complejos y perversos elementos que conforman tal sistema político. En ese orden de ideas llevó sus enfoques a dos versiones totalitarias: el nacionalsocialismo y el estalinismo comunista, las cuales, de acuerdo a su opinión, se asumen como “variaciones del mismo modelo”.

En el desarrollo de su análisis en torno al fenómeno del totalitarismo, Hannah Arendt puso un acento especial en la destrucción de la condición de ciudadanía que se opera en dicho sistema, lo cual se traduce en la transformación de las clases sociales en movimientos de masas fanáticas así como el abandono de valores universales como la solidaridad, la amistad, la justicia, el bien, la paz, el respeto por el otro.

A la par se operan situaciones inmorales que se expresan mediante la pasividad de las víctimas neutralizadas por los efectos del miedo y el ejercicio de la censura, la autocensura y la delación como armas de sojuzgamiento. Sostiene esta autora que para los seguidores del totalitarismo no existen los argumentos racionales sino las falacias que a su conveniencia impone la retórica oficial. En suma, el totalitarismo es la única forma de Estado con la que no puede haber ningún tipo de forma de convivencia o compromiso. El totalitarismo es la antítesis de la democracia. El totalitarismo es excluyente. El totalitarismo es él o ninguno. El totalitarismo no cree en acuerdos, consensos ni diálogos. Su meta es la imposición por la fuerza. Su “verdad” es la única verdad. Por desgracia, los regímenes de este corte no salen ni terminan por la vía electoral y democrática. La historia lo ha demostrado. El resto es crear ilusiones.

El tema de la propaganda y el adoctrinamiento como formas de control político del totalitarismo fue igualmente abordado por esta filósofa, quien manifestó lo que sigue: “La fuerza que posee la propaganda totalitaria -antes de que los movimientos tengan el poder de dejar caer los telones de acero para que nadie pueda perturbar con la más nimia realidad la terrible tranquilidad de un mundo totalmente imaginario- descansa en la capacidad de aislar a las masas del mundo real”.

La propaganda totalitaria es tremendamente eficaz en crear enemigos y guerras ficticias, temas que manipula hábilmente a través de los medios de comunicación tradicionales y ahora a través de los interactivos, para culpar a otros de sus fracasos, derrotas e incompetencia generalizada, al igual que justificar la represión disfrazada de actos de defensa y protección del “pueblo”, la “patria” o la “soberanía nacional”. De esta forma, las formas opresivas de la dignidad humana y la violación de los derechos humanos están destinadas a la destrucción y el sojuzgamiento de la sociedad.

Otro elemento igualmente analizado por Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo se refiere al manejo del terror que busca neutralizar a los miembros de las sociedades sometidas a sus mandatos: “La característica principal del hombre-masa no es la brutalidad y el atraso sino su aislamiento y su falta de relaciones sociales normales”. Sobre este basamento opera la maquinaria del terror: “El camino de la dominación totalitaria pasa por muchas fases intermedias, para las cuales podemos hallar numerosos precedentes y analogías. El terror extraordinariamente sangriento de la fase inicial de la dominación totalitaria sirve, desde luego, al propósito de derrotar a los adversarios y de hacer imposible toda oposición ulterior, pero el terror total comienza solo después de haber sido superada esa fase inicial y cuando el régimen no tiene nada que temer de la oposición”.

La obra de Hannah Arendt desvela de una forma cruda, pero diáfana y contundente, el terrible rostro del totalitarismo y sus mutaciones como maquinaria destructiva de la dignidad del ser humano, su libertad y su pensamiento. Para el totalitarismo de todos los tiempos “no hay pensamiento peligroso; el pensamiento es peligroso”. El totalitarismo del siglo XX no ha desaparecido con la llegada del siglo XXI, al contrario, pervive con otros discursos, caras y organizaciones populistas de derechas e de izquierdas, así como en los nacionalismos y los regionalismos a la par de las narcodictaduras.

Por eso, la inquietud de esta teórica de la política se hace realidad en los tiempos que corren: “Las soluciones totalitarias pueden muy bien sobrevivir a la caída de los regímenes totalitarios bajo la forma de fuertes tentaciones que surgirán allí donde parezca imposible aliviar la miseria política, social o económica en una forma valiosa para el hombre”. La historia reciente está plagada de ejemplos muy vivos y cercanos. Como bien dijera el filósofo Jorge Santayana: “Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”.

Por desgracia, sigue ocurriendo cuando se trata de posicionar modelos políticos que pregonan la destrucción de la democracia, herencia del pensamiento griego, primero, y luego del pensamiento liberal, para imponer otros esquemas, hábilmente promocionados que se encarnan en la venta de sueños electorales que luego terminarán siendo terribles pesadillas en la realidad. Es cuando se caen las máscaras y aparece el rostro del mutante.

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