Los personajes del pícaro continúan sus andanzas en los kioscos y en los cantos y relatos populares de las calles, el llano y la montaña, subvirtiendo el orden y dando vueltas a la rueda del destino para que los poderosos reciban una buena dosis de su propia medicina.

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El personaje del pícaro latinoamericano tiene su antecedente remoto en la península ibérica, lugar desde donde fue traído por los conquistadores en sus tercos e infatigables navíos. Aquí tuvo adaptaciones en su ropa, nombre, lenguaje, según el país al que llegase, pero mantuvo intacta su especial forma de ser: origen humilde, ingenioso al máximo y se burla, aunque sin maldad, de los crédulos o de quienes intentan perjudicarlo. Puede llamarse Pedro Malazarte (Brasil), Tío Conejo (Ecuador, Nicaragua, Venezuela), Pedro Rimales (Venezuela) o Pedro Urdemalas (Guatemala, Argentina), pero siempre actúa guiado por el desafío de la aventura, el hambre o la necesidad de salir de un apuro. A través de la sonrisa inevitable que provocan sus historias, estas han perdurado en la tradición de los pueblos, que se hacen cómplices de aquel que sabe usar su ingenio frente al peligro o ante el abuso de los poderosos, los egoístas y los ambiciosos.

Nuestro personaje ha tenido una variada y pomposa genealogía: Cervantes le hizo protagonista de una de sus historias en la Comedia famosa de Pedro de Urdemalas, impresa en Madrid en 1615. Ha figurado también en el libro español la Lozana andaluza, publicado en los comienzos del siglo XVI; a mediados de este mismo siglo, Alonso Jerónimo de Salas Tabardillo publicó El sutil cordobés Pedro de Urdemales, y también aparece en el Vocabulario de refranes, de Gonzalo Correa, publicado en el primer tercio del siglo XVII. Hasta tiene un antecedente en Alemania, llamado Till Eulenspiegel. Hay quienes se remontan a épocas anteriores y ubican el origen de Pedro Rimales en las leyendas de la baja edad Media española, allá por el siglo XII.

Este personaje, olvidado hoy en España, anda por América urdiendo malas artes, haciendo truhanerías y divirtiendo a los lectores con sus aventuras. Se hace llamar Urdemales, Undemales, Undimales, Urdimales, Urdemalas o Malazarte. En la región nordestina del Brasil, Malazarte ha recibido también otros nombres: João Grilo, Cançao de Fogo, Amarelinho y Quengo. Ligia Vasallo nos da una completa descripción de este pícaro:

“Se trata de un heredero del trickster de las sociedades etnológicas, ser sagrado y violador del tabú, lo que explica sus poderes mágicos y su carácter ambivalente de benefactor y malintencionado al mismo tiempo. Individualista al extremo, bufón y héroe, se hace víctima de sus propios ardides y se identifica con el gran antagonista, el astuto imbatible de las historias populares y el anti-héroe por excelencia. Él resuelve sus impases de modo muy singular, sin perturbar por ello el orden establecido. Ridiculiza y rechaza todos los símbolos del poder y la jerarquía vigentes en la sociedad, usándolos en provecho propio, sin jamás integrarse al orden estructural”.

Pedro Rimales es el personaje generador de la carnavalización, de aquella que nos habló Bajtín en sus estudios sobre Rabelais, al hacer que el sujeto que personifica el poder (dueño de hacienda, rico, prefecto, alcalde…) ocupe el lugar del desposeído. Rimales es un vengador que, a falta de leyes y de sólidos contratos sociales, alivia los desequilibrios, poniendo a representar a los poderosos, al menos por un instante, el triste y amargo papel de la derrota y la desventura.

Pedro Rimales, y su extensa familia latinoamericana de pícaros, que podemos reconstruir desde el Lazarillo de ciegos caminantes, El periquillo sarniento, Tío Conejo hasta los actuales cuentos de Jaimito y Condorito, aguardan el día en que sean al fin considerados parte integral de nuestra cultura, símbolos de nuestras falencias y de un modo de ser que necesita ser superado. Mientras, los personajes del pícaro continúan sus andanzas en los kioscos y en los cantos y relatos populares de las calles, el llano y la montaña, subvirtiendo el orden y dando vueltas a la rueda del destino para que los poderosos reciban una buena dosis de su propia medicina.

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